Ruiz Gallardón: La obediencia a ti debida

No hemos podido resistir la tentación de colgar aquí esta imagen que vale más de mil palabras. A la derecha del sexteto que preside el acto y robando casi toda la luz del flash aparece una sonriente Esperanza Aguirre que no puede decirse que no se considere protagonista de un triunfo que se nos antoja pírrico: la cosa no ha hecho más que empezar. A su derecha, don Mariano un poco ausente y circunspecto, dando la sensación de que no las tiene todas consigo y no queremos ni por asomo decir que sea un hombre de paja, aunque esto el tiempo lo dirá. Él sabrá a qué presiones habrá sido sometido. O no, como diría él con su fino humor gallego. Pero la España profunda es mucha España.
Sólo le dedicamos unos renglones al autodenominado “derrotado”: aparece el último de la fila, con apenas luz, disminuido de tamaño, concentrado en sus pensamientos, repasando los vertiginosos días vividos. Aunque esté cerca de la cincuentena aparece como un adolescente castigado en el rincón, cabizbajo, serio, con las manos en las rodillas: no domina las artes de la falsedad, no sabe fingir, y es un hombre de cristal en cuanto a que deja traslucir sus emociones.
Seguramente un buen amigo de su padre, don Manuel Fraga, le habrá dicho que capee el temporal, que la tormenta pronto amainará. En la conversación que habrán mantenido a lo mejor le habrá pronosticado un buen futuro dentro de la derecha moderna que el país necesita.


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