Ramón y Cajal (1852-1934) ante los separatismos

Alejandro 29 octubre, 2012 2

 Un navarro con una mente preclara sin duda, premio Nobel de medicina, crítico con las condiciones sociales de su tiempo y con la situación política, como veremos, muy parecida a la actual: los separatismos.

 En su libro “El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico”, en  el capitulo XII, que titula “La atonía del patriotismo integral” ya trata de la incipiente demanda centrífuga de los nacionalismos vascos y catalán, algo que resurge con inusitada fuerza en nuestros días, una vez que el Dictador se fue y la democracia que lo siguió aparece muy debilitada por la crisis económica y la inutilidad de la clase política en general. En dicho capítulo se refiere al “odio infundado a Madrid”, a  las “amenazas del separatismo” y a la “la ingratitud de los vascos” anticipando “tristes presagios”, elaborando un discurso en que ataca  las estrategias catalanistas de Prat dela Riba, de la Lliga y los “lligueros”, la falta de visión y la incompetencia de los gobernantes y la  falacia de los “secesionistas” cuyas posiciones políticas defendidas desde Vasconia y Cataluña las percibe como “mutilaciones irreparables”

 Ramón y Cajal tacha a aquellos dirigentes de avispados caciques que sugestionan a las masas y son capaces de inducirles a levantarse frente a la idea de unidad, suponiendo que lo mejor del pueblo vasco y catalán siente amor hacia España, cuando la causa real es puramente económica ya que el movimiento desintegrador surgió en 1900 y tuvo por causa principal, aunque no exclusiva, con relación a Cataluña, la pérdida irreparable del espléndido mercado colonial. En cuanto a los vascos, proceden por imitación gregaria, y  nacionalismo tiene raíces carlistas, especializadas en obtener dinero dela República.

 Para evitar el desmembramiento proponía dos recetas: 1º,  “Si yo pudiera retroceder a mis veinticinco años, henchidos de patriotismo, contestaría sin vacilar: la reconquista manu militari, y cueste lo que cueste”  y 2º rechazo de la vía de la violencia, porque esta traería el desastre, la bancarrota por eso concluye que tras la balcanización inminente, la separación de las regiones rebeldes debería ser “una separación amistosa y hasta acompañada de algunas compensaciones fiscales”

 Para completar esta visión de Ramón y Cajal del problema, en el libro anterior y en la parte segunda, se expresa así –y no olvidemos que lo escribe en 1934, año de su muerte:

 «Deprime y entristece el ánimo, el considerar la ingratitud de los vascos, cuya gran mayoría desea separarse dela Patria común. Hasta en la noble Navarra existe un partido separatista o nacionalista, robusto y bien organizado, junto con el Tradicionalista que enarbola todavía la vieja bandera de Dios, Patria y Rey.


 En la Facultadde Medicina de Barcelona, todos los profesores, menos dos, son catalanes nacionalistas; por donde se explica la emigración de catedráticos y de estudiantes, que no llega hoy, según mis informes, al tercio de los matriculados en años anteriores. Casi todos los maestros dan la enseñanza en catalán con acuerdo y consejo tácitos del consabido Patronato, empeñado en catalanizar a todo trance una institución costeada por el Estado.

 ¡Pobre Madrid, la supuesta aborrecida sede del imperialismo castellano! ¡Y pobre Castilla, la eterna abandonada por reyes y gobiernos! Ella, despojada primeramente de sus libertades, bajo el odioso despotismo de Carlos V, ayudado por los vascos, sufre ahora la amargura de ver cómo las provincias más vivas, mimadas y privilegiadas por el Estado, le echan en cara su centralismo avasallador.

 No me explico este desafecto a España de Cataluña y Vasconia. Si recordaranla Historiay juzgaran imparcialmente a los castellanos, caerían en la cuenta de que su despego carece de fundamento moral, ni cabe explicarlo por móviles utilitarios. A este respecto, la amnesia de los vizcaitarras es algo incomprensible. Los cacareados Fueros, cuyo fundamento histórico es harto problemático, fueron ratificados por Carlos V en pago de la ayuda que le habían prestado los vizcaínos en Villalar, ¡estrangulando las libertades castellanas! ¡Cuánta ingratitud tendenciosa alberga el alma primitiva y sugestionable de los secuaces del vacuo y jactancioso Sabino Arana y del descomedido hermano que lo representa!.

La lista interminable de subvenciones generosamente otorgadas a las provincias vascas constituye algo indignante. Las cifras globales son aterradoras. Y todo para congraciarse con una raza (sic) que corresponde a la magnanimidad castellana (los despreciables «maketos») con la más negra ingratitud.

 A pesar de todo lo dicho, esperamos que en las regiones favorecidas por los Estatutos, prevalezca el buen sentido, sin llegar a situaciones de violencia y desmembraciones fatales para todos. Estamos convencidos de la sensatez catalana, aunque no se nos oculte que en los pueblos envenenados sistemáticamente durante más de tres decenios por la pasión o prejuicios seculares, son difíciles las actitudes ecuánimes y serenas.

No soy adversario, en principio, de la concesión de privilegios regionales, pero a condición de que no rocen en lo más mínimo el sagrado principio dela Unidad Nacional.Sean autónomas las regiones, mas sin comprometerla Haciendadel Estado. Sufráguese el costo de los servicios cedidos, sin menoscabo de un excedente razonable para los inexcusables gastos de soberanía.

 La sinceridad me obliga a confesar que este movimiento centrífugo es peligroso, más que en sí mismo, en relación con la especial psicología de los pueblos hispanos. Preciso es recordar –así lo proclama toda nuestra Historia– que somos incoherentes, indisciplinados, apasionadamente localistas, amén de tornadizos e imprevisores. El todo o nada es nuestra divisa. Nos falta el culto dela Patria Grande.Si España estuviera poblada de franceses e italianos, alemanes o británicos, mis alarmas por el futuro de España se disiparían. Porque estos pueblos sensatos saben sacrificar sus pequeñas querellas de campanario en aras de la concordia y del provecho común”