La cantante barbuda ‘Conchita Wurst’

La cantante barbuda es, en realidad,  Thomas «Tom» Neuwirth , un cantante austríaco que, desde 2011, suele aparecer en escena caracterizado artísticamente como la ‘colombiana’  Conchita Wurst. [wurst significa salchicha en alemán], que se ha  presentando de esta guisa en Eurovisión obteniendo un triunfo apoteósico al recibir el voto masivo de cientos de miles de jóvenes favorables, en este caso, a una ‘transgresión‘ consistente en que un cantante que dice sentirse discriminado por su homosexualidad, participa en el concurso musical como falsa mujer barbuda, basando su mascarada en la consecución de la paz, la libertad y la tolerancia, contra la discriminación

El triunfo ha sido algo más que un número extravagante de un travestí provocador y con buena voz. Su presentación fue un acto político que convirtió al joven artista en una figura mediática europea, adorado en su país y en todo el mundo gay del continente, pero odiado en Rusia, donde Vladímir Putin nunca ha escondido su homofobia y donde el político nacionalista Vladjmir Zhirinovsky admitió ante la televisión estatal rusa que el triunfo de Conchita significaba el «fin de Europa». «Nuestra indignación no tiene límites. Hace 50 años, el ejército soviético ocupó Austria. Su marcha fue un error, debería haberse quedado»

Al saberse ganador -o ganadora-  afirmó Conchita entre lágrimas:

“Esta noche está dedicada a todos los que creen en la paz y la libertad. Somos una unidad, ha sido también una victoria para toda la gente que cree en un futuro que puede funcionar sin discriminación y exclusiones”.

El sesudo Ignacio Camacho da su retorcida visión del acto que en tiempos del franquismo convocaba ante los televisores en blanco y negro a la totalidad de los españoles:

«Europa ya no es aquel violín que escuchó Simenon sonando de noche entre calles mojadas, y en cuyo eco creyó encontrar el espíritu del refinamiento, la civilización, el progreso y la cultura. La melodía europea de ahora mismo, una trivial balada de cabaret, la canta un travestí barbudo disfrazado de hermafrodita, epítome posmoderno de la labilidad de un continente incapaz de encontrarse a sí mismo.

Europa, que ha perdido la conciencia de los objetivos históricos y la eficacia de sus soportes jurídicos, se enfrenta a una insurrección contra sus principios fundacionales. La energía cultural se ha desinflado y la única iniciativa social unitaria que ha triunfado en las últimas décadas es la Champions League. La apoteosis grotesca de Eurovisión no representa tanto una anécdota como el paradigma de un fracaso. La Cámara de Diputados que salga de las urnas de mayo se va a parecer a ese festival de insustancialidad estrafalaria: una parada de frikis»

Más radical, como suele, es El Descodificador que entiende que»Eurovisón es un show rancio, una recopilación de mediocridades, un retorno al pasado más desafinado. Eurovisión es blanco y negro, es sonidos grabados, es pasado sin futuro, es una almorrana aferrada al corazón de la pantalla plana:

«Cada año pasa lo mismo. Llega Eurovisión y maldigo la mierda de música que nos ofrece la televisión, un electrodoméstico sin criterio, sin sensibilidad, sin swing. Sin alma.La televisión odia la música. Y para que no queden dudas sobre este sentimiento irracional, escupe cada doce meses un festival ridículo, patético, esperpéntico, vergonzoso. Eurovisión es un ejemplo perfecto de la peor televisión posible. Es entretenimiento de baja calidad. Es caspa y es óxido»

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