Español en andaluz

Alfonso Valencia 16 diciembre, 2016 0

No debería ser un desdoro hablar, como solemos, español en andaluz. Es una forma característica de hacerlo propia de nuestra región, una de las más antiguas de la Península ibérica sin lengua propia, al contrario de aquellas otras históricas que sí la tienen, como Galicia o Cataluña, derivadas del latín, al igual que el castellano -denominado español fuera de nuestras fronteras-, o el País Vasco, con una lengua de origen incierto aunque con muchas variantes, más de cien han llegado a contar.

De vez en cuando, o más veces de la cuenta, el hablante andaluz es mirado por encima del hombro por algunos de los que tienen otros acentos y entonaciones, casi siempre por la supresión de las eses finales, o la práctica del ceceo, seseo, etc., y otros fenómenos que se dan en el andaluz, que no es un dialecto, sino una modalidad del español, como puede ser el canario o el panocho murciano

Pero lo cortés no quita lo valiente y nos gusta oír el acento castellano quizá por extraño a nosotros: por ejemplo la pronunciación limpia y prístina de Valladolid en Soraya Saenz de Santamaría o el de los nietos propios nacidos y criados en la meseta, algo que nosotros no podremos nunca alcanzar, ni falta que nos hace, lo que no es óbice para que lo admiremos aunque no todos los políticos merecen mi admiración en su lenguaje, caso de la célebre Bibiana Aido, exiliada de lujo en Nueva York, no solo por lo de sus miembros y miembras sino por inventarse de vez en cuando nuevos neologismos, como el verbo “inferiorizar”, AUN no reconocido pero todo se andará. A este paso van a tener que hacer Escuelas de Verano para ‘políticos y políticas’ (¿bien así?) en que ‘ellos y ellas’ den lecciones para la construcción de un nuevo idioma. O bien Rajoy se mete a vate con sus impresionantes rimas: “Aznar rima con no estar y no con molestar”, o Esperanza Aguirre que dijo de sí misma que era un verso suelto del PP. O Jose Blanco y sus “concetos”

En defensa de nuestro andaluz diré que en muchas provincias castellanas, en todos los estratos de la sociedad, se habla un español sonrojante, incluso cometiendo vicios sintácticos (los laísmos y los “me cai Azná muy mal” madrileños… ) mucho peores que las particularidades fonéticas del andaluz, que por otra parte, cuando lo ponemos por escrito desaparecen.

No se dan cuenta algunos castellanos que decidieron venir a vivir con nosotros por las bondades del clima o por cualquier otra razón- aquí se podrían incluir los vascos adinerados que huyeron del impuesto revolucionario, aunque estos no se andan con gaitas lingüísticas-, que conservan para siempre el pelo de la dehesa de sus imperfectas hablas a pesar de lo cual se atreven a imitarnos con chanza, lo que obliga a decirles que se vayan a sus esteparias y mesetarias tierras a hablar con todas las eses que quieran pero que nos dejen en paz.