Nueva carta a Alipio

Alfonso Valencia 18 Mayo, 2016 0

Alipio es ese amigo fiel, el amigo de verdad que todos desearíamos tener, con quien compartir sin miedos ni temores nuestros más íntimos pensamientos. Las Cartas a Alipio son el testimonio de esa “amistad” de José Palacios con su Alipio particular, tejida y desplegada a lo largo numerosas epístolas y que hoy retoma. Con la excusa de discernir el uso correcto de tal o cual término, el autor comparte con nosotros su personal -a menudo descarnada- visión de un mundo que cada vez se nos hace más difícil de entender.

José Palacios Royán

“Hay que liberarse de la cárcel de los intereses y de la política”. Epicuro, G. V. 58.

Querido amigo:

Te escribo en las Kalendas de mayo, en el día del trabajo. Parecía que iba a llover, pero el sol ha  batido  en  retirada  a  las  nubes,  que  se  van.  No  se  va  la  negra  calígine  que  tapona  los  ojos  de quienes  se  pregonan  defensores  de  nosotros;  al  menos,  de  la  mayoría.  La  perversa  ambición,  que ciega al ambicioso.

Mientras  llega  la  “repesca”  de  Junio,  hablemos  nosotros  de  aquellas  cosas  de  las  que

hablábamos, Alipio, ahora que, por fin, has vuelto y me preguntas. Mira, a los humanos de mis años

se nos decía que España es una “península”; o sea, “una porción de tierra rodeada de agua por todas

partes menos por una”. Sin mapa  alguno  delante.  Digo yo  que  hubiera sido  mejor  acudir a  lo  que

dicen las palabras y explicarnos, de camino, que “península” viene de “paene” = “casi” y de “insula” =

“isla”  (“casi  una  isla”).  Y,  ya  puestos,  hubiésemos  podido  entender  qué  era  eso  de  la  “penúltima”

(“casi la última”); o “penumbra” (“casi sombra”).

Alipio,  una  cosa  es  “paene”  y  otra  algo  distinta,  “penis”  =  “pene”.  De  ahí,  “peniculus”,

“penicillus” = “pincel”, “penicilina”. Decía Cicerón que “los antiguos llamaban a la cola (“cauda”) de


los  animales  “penis”:  de  donde  deriva,  por  semejanza,  la  palabra  “pincel”;  pero  –  añadía  –  hoy  se

considera  una  palabra  obscena”.  ¿Ves  tú?  Me  viene  con  esto  a  la  memoria  aquel  personaje  de

Plauto, en los “Los Menecmos”, al que los jóvenes llamaban Peniculus, es decir, “Cepillo, “porque –

decía – cuando como, dejo limpia (“detergeo”) la mesa.

No te confundas con el inglés “pen”. Este “pen” viene de penna-ae = “lo que sirve para volar”,

“ala”, “pluma” (la que cubre el cuello y las alas de los pájaros). Hay muchos pájaros revoleteando que

“a-garran” cuanto se les pone a tiro y se lo llevan “per auras” a sitios lejanos, aislados paraísos que ni

tú ni  yo veremos  nunca.  Ni falta  que hace.  Allí  descargan su  preciada  carga en  opacas  cuevas que

llaman de Allí Baybá. Pero, más de una vez, estos pennados seres pierden el norte, caen del cielo al

cieno, y ¿lamentan? luego su suerte, enjaulados por un rato, cautivos de su avidez sin medida;

pero en jaulas de oro y con puertas sin llave.

Este  “cautivos”  viene  a  recordarme  el  verbo  “capio”,  el  de  la  conjugación  mixta  aquella

que así,  en seco,  no lograba  yo  entender. Si  nos  hubieran  dicho que  “cápere”  daba en  español

“tomar”,  “coger”,  “caber”,  tal  vez  lo  hubiésemos  sentido  más  “capaces”  de  “captar”  lo  que  se

nos  explicaba.  No  “percibíamos”  en  ese  verbo  (“capio”)  nada  que  no  “cautivara”.  Pobres

“mentecatos” (“mente capti”),  habíamos de caminar, “demisso capite” (“con la cabeza gacha”),

por aquel corredor sin retorno que nos llevaba al castigo inexorable. Que nos avergonzaba.

Hay gente que no se avergüenza de nada, amigo mío. Juan Marsé y Serrat acaban de decir

que “tenemos políticos sinvergüenzas”. ¿Será verdad? No estudiamos latín, Alipio; no sabemos que

“vereor,”  significa  “tener  un  temor  religioso  o  respetuoso  por”,  “tener  escrúpulos”.  Quizá  por

eso,  por  no  estudiar  lo  que  hay  que  estudiar,  escasee  la  “verecundia”  (la  “vergüenza”  de  hoy;

“vergonya”  en  catalán.  El  hábito  no  hace  al  monje,  amigo.  Hay  por  estos  mundos  de  Dios

“reverendos” de nombre que no merecen “reverencia” alguna. Una pena.

Tu amigo José.