Los nuevos landismos

A propósito de las demostraciones del orgullo gay, que pululan por toda España que tienen bastantes detractores, incluidos una gran mayoría de homosexuales que están  en contra de tales cabalgatas  que agreden con su frikidespelote a los conciudadanos que guardan a buen recaudo sus particularidades.

Al blog EQM le parece este fenómeno, la irrupción de un nuevo landismo, tan casposo, como mínimo, como el que inició a comienzos de los 70:

“El ‘landismo‘, se inicia en 1970 con No desearás al vecino del quinto, de Ramón «Tito» Fernández, en las que el gran Alfredo Landa [España, 1933-2013] interpreta al personaje conocido como macho ibérico, orgulloso de su exhibidor papel de ligón entre el turismo extranjero: un tipo de español machista, hortera, ridículo, fanfarrón en el terreno heterosexual y profundamente reprimido, que no piensa en otra que en exhibir, presumir, sentirse públicamente orgulloso de su obsesiva inclinación sexual y de sus conquistas, la mayoría de ellas puramente imaginativas.

Aquel ‘chulo playa’ fue una moda arrasadora, coincidente con las nuevas libertades nacidas en el fin del franquismo y que, por tanto, se extendió hasta 1978, año en el que se aprobó la Constitución democrática. Con la normalización, el destape y demás excesos públicos se redujeron a umbrales sensatos, lo que dió lugar a la desaparición del fenómeno, entre graves críticas de un ecofeminismo que comenzaba su andadura de género.

Al respecto, yo siempre he considerado respetables las querencias de cada cual, sus filias sexuales, por muy obsesivas o extravagantes que me resulten, siempre que tales comportamientos no afecten a mi propia libertad ni se me embuchen por una militancia ávida de incrementar su sectaria población. Y, mucho menos, si al proselitismo le da por invadir calles, parques y jardines, en perjuicio del común de la ciudadanía y para mal ejemplo de una niñez y juventud que en ningún caso debe de soportar tamaña ingerencia.

Pues bien, ahora nos encontramos con una nueva corriente libertadora que este año vocifera por la libertad en los centros educativos de los jóvenes ‘salidos del armario’. Y que lo hace pregonando no sus derechos individuales sino un incompresible y colectivo orgullo gay disfrazado de surrealista carnaval que, como poco, produce vergüenza ajena.

Orgullo, dicen. ¿Qué orgullo? ¿De qué orgullos hablan? Sentirse orgulloso de sus respetables y legítimos deseos, impulsos, inclinaciones, tendencias, pasiones, atracciones, qué sé yo, resulta igual de estúpido que si yo me sintiera orgulloso de mis ojos verdes o de mi sexualidad. La alegría de su paulatina y felizmente irreversible integración social jamás debería celebrarse esperpénticamente bajo el pretexto de discriminatorios orgullos.

Grave error para tan legítimo y plausible fin o motivo. ¿Se imaginan futuras exhibiciones públicas, desfiles, de heterosexuales, swingers u otros afines a cualquier respetable y legítima filia o parafilia?”

 

 

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